diccionario
"Argentina mi ex pareja"
Uno no puede convivir con la estafa, la corrupción, la inseguridad, la violencia, la indigencia, la opresión, la ensalada política; y por eso se va. Se va buscando el orden, el civismo, el respeto, la seguridad, el “primermundismo”. Se va por los defectos de la Argentina, no por la Argentina en sí.
Pero después de un tiempo uno encuentra por sorpresa en la billetera, una foto carnet de esa ex pareja. Y sonríe, y la recuerda con amor. Recuerda las noches de dormir abrazados. Las mañanas de pereza de los domingos. Los desayunos en la cama. La ternura. La inteligencia. La admiración. El sexo. El cariño. El cuidarse en la enfermedad. Los regalos. Las conversaciones profundas. Los momentos compartidos. Las penas lloradas juntos. Las alegrías reídas juntos. La conexión y la empatía. Los momentos de familiaridad en silencio. El cocinarse el uno para el otro. Los primeros besos. Los nervios en la panza. Los rincones del cuerpo del otro. Las caricias. La boca. El cuello. La nuca. Los ojos. El olor. El aliento. La voz. Su cara al dormir. Su cara al despertar. Su sonrisa… Recuerda todas las cosas que amaba. Todas las cosas que extraña, las cosas que dolió dejar cuando la intolerancia era más importante.
Y así uno, inmerso en el dolor y melancolía de pensar en el gran amor de su vida y aún reafirmando que no volvería, acepta que de todos modos, siempre estará enamorado.
Extraño todo lo que no es
En Barcelona, me gusta el orden, la responsabilidad y el civismo de la gente. Me gusta que los completos desconocidos no descarguen su agresividad y su frustración autoprofesada, porque sí, en mi cara. Me gusta que los servicios y organismos públicos funcionen, y funcionen bien. Me gusta que la gente no me mire ni me juzgue gratuitamente por la calle. Me gusta que los que me desconocen por completo me respeten. Me gusta haber perdido la costumbre de viajar en metro con una mano en la cartera, y de agarrar fuerte mi mochila o mis bolsas cuando voy por la calle. Me gusta la tranquilidad y la facilidad con que todos siguen las reglas. Me gusta que los crímenes de cualquier tipo no sean moneda corriente. Me gusta no escuchar todos los días la cantidad de gente que muere acribillada en su propia casa, luego de ser robada y torturada, por menores de once años. Me gusta no sentir constantemente miedo, me gusta no sentirme constantemente amenazada, me gusta no sentirme constantemente agredida. Me gusta escuchar todos los días condenas hacia el pensamiento machista, y hacia el pensamiento homofóbico. Me gusta no estar rodeada de gente que ensalza el machismo y la homofobia. Me gusta haber descubierto que caminar por una ciudad de noche y en soledad es hermoso, me gusta que mi vida no corra peligro mientras lo pruebo. Me gusta que los periódicos hablen de todo un poco, y no solo de corrupción, muerte, crimen, ensaladas políticas, enriquecimientos ilícitos, alianzas de poderío, tasas de delincuencia, tasas de desocupación, aumento de las villas miseria, aumento de la clase baja, aumento de la clase alta, desaparición de la clase media, marchas, huelgas, disgustos, represión, insatisfacción, infelicidad. Me gusta haber perdido la costumbre de desear que se mueran unos cuantos. Me gusta haber aprendido que lo más efectivo es desearles que sean felices.
Me gustan las calles de Barcelona. Me gusta la playa. Las comodidades. El movimiento “progre” y “sociata” de la ciudad. Me gusta. Me gusta todo. Y lo vivo y lo disfruto a más no poder. Día a día. Con una gratitud indescriptible.
Pero nada de esto es mío. Nada.
En la calle solo veo caras extrañas. Lenguas y acentos diferentes. Lugares ajenos.
Barcelona es una fiesta, y yo estoy invitadísima. Pero no conozco al que la organiza. Ni al dueño del lugar. Ni al que sirve bebidas ni al que pasa la música. No conozco al resto de los invitados, y bailar sola a veces resulta aburrido. Y triste.
Los turistas se divierten, y se sienten como en casa. Pero ¿quién no se siente dueño de todo cuando está de vacaciones?
Me gustan todas las cosas que tiene esta ciudad para ofrecerme. Pero no son cosas mías, y no puedo quedarme acá solo para disfrutarlo. Lo único que hago es desearle las mismas suertes a mí lugar. No puedo decir “odio Buenos Aires que no tiene todo esto” y “elijo Barcelona porque sí lo tiene”; lo único que quiero es que Buenos Aires algún día también las tenga. Esperar que llegue ese día, en que pueda dejar de comparar. Tratar de construir todo esto. Para tenerlo, y disfrutarlo, y entonces estar orgullosa de mi ciudad y de mi país.
Hace un tiempo Martín Espinach me dijo “de Argentina solo extraño una cosa, y es todo lo que no fue”. Recién ahora empiezo a entenderlo.
Mejorado para usted.
Muchas Gracias.
Solo le pido a Dios
Hoy no fue un día muy diferente del resto, me voy a mi descanso, pido el café con leche, lo endulzo, lo trasvaso a un vaso con seis hielos, y lo revuelvo para enfriarlo bien. Prendo mi cigarrillo, y miro hacia la tele. Empieza un video clip. Es Ana Belén, una famosa cantante española, con voz potente y personalidad dulce: la reconozco enseguida.
De golpe, como una bofetada, escucho que está cantando “Solo le pido a Dios”, una versión un poco más rockera que la original de León Gieco, poeta y cantautor argentino. Me vienen automáticamente algunas imágenes de los recitales de León Gieco: en la Cancha de Velez del barrio de Liniers, en la playa de Punta del Este, Uruguay, en los bosques de Palermo en Buenos Aires. Y cuando el nudo en la garganta ya es bastante ineludible, me veo obligada a reconocer algo: extraño mucho a mi país. No entiendo exactamente por qué, y no sé si tiene mucha explicación. Simplemente es así. Lo extraño. Y necesito no olvidar.
Sólo le pido a Dios que el dolor no me sea indiferente
si acaso por medio del dolor tengo que pertenecer a la República Argentina,
y que la reseca muerte no me encuentre
vacía y sola lejos de casa, sin haber hecho lo suficiente por intentar cambiar mi país para hacerlo cada día un poquito más un lugar en donde elijo vivir.
Sólo le pido a Dios que lo injusto no me sea indiferente,
que me ayude a aceptar que no nací en un lugar muy inteligente emocionalmente, ni muy progresista, ni muy vanguardista, ni muy tranquilo, ni muy seguro, ni muy honesto, ni muy ordenado, ni muy desarrollado; que me ayude a aceptarlo no con resignación sino con amor, con el amor de quien pone la otra mejilla para que se la abofeteen, si ello sirve para que el agresor crezca. Y que me abofeteen entonces la otra mejilla después que una garra me arañó esta suerte, de poder sentir la diferencia entre Buenos Aires y acá, y aún así saber que amo Buenos Aires, que la sigo amando, como siempre.
Sólo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente,
es un monstruo grande y pisa fuerte
toda la pobre inocencia de la gente.
Que me de compasión con la herida del pueblo catalán;
pero que también me recuerde de la herida de mi país, de los reprimidos y desaparecidos de la época de la dictadura y predictadura, y de los tantos otros muertos de la democracia: de mí país. Del mío.
Sólo le pido a Dios que el futuro no me sea indiferente,
aunque yo no esté desahuciada
ni “tenga” que marchar para vivir una cultura diferente.
Que el respeto hacia el idioma catalán no me sea indiferente, porque es un idioma amado y defendido que sobrevive hace miles de años; pero que también recuerde que el castellano y el acento de los argentinos son hermosos y únicos, y nos hacen reconocibles y nos acercan a otros.
Y que el aprendizaje no me sea indiferente
para aprender cómo se hacen las cosas acá,
pero que también recuerde cómo se hacen en mi país, en donde también hay muchas cosas que se hacen muy bien.
Solo le pido a Dios que me regale nuevas amistades, internacionales y sin barreras; pero que también me recuerde de las amistades de Argentina, y que no hace falta haber nacido en continentes diferentes para ser diversos y por ello fascinantes.
Sólo le pido que acelere el latido de mi corazón cuando me cruce con un argentino tocando música en los pasillos del metro: un tango o un rock, o cualquier melodía que sólo él y yo compartamos.
Sólo le pido que me ayude a ser ciudadana italiana y residente española, pero que también me recuerde que soy Argentina (así, con mayúsculas), antes que cualquier otra cosa.
Sólo le pido que me de la gratitud de estar en Barcelona, donde no hace falta vivir con miedo, ni con frustración, ni con indignación, ni perdiendo el respeto hacia todo y todos minuto a minuto; pero que también me recuerde que en mi país hay mucho por hacer aún, y que el trabajo recién empezado (porque estamos empezando a darnos cuenta) es igual de maravilloso.
Sólo le pido poder adaptar mi habla cuando necesite pertenecer, y decir “vale”, “tío”, “gilipollas”, “¡qué guay!”, “muy”, “flipante”, “mogollón”, “qué guapo”, “qué chungo”, o “qué chulo”; pero que también me recuerde que yo aprendí a hablar diciendo “dale”, “che”, “boludo”, “¡qué copado!”, “re”, “alucinante”, “un montón”, “qué lindo”, “qué choto”, o “qué canchero”. Que me recuerde que yo pronuncio “sh” cuando es “y” o “ll”, que hablo en pretérito indefinido en vez de en pretérito perfecto, y que me sigue causando gracia que acá “coger”, “concha” y “pija” no sean malas palabras.
Sólo le pido que me deleite con novedades como el café con leche con hielo, pero que también me recuerde que mi sangre se diluye en agua de mate.
Que me despierte si me encuentra perdiendo la integridad conmigo misma, o negando de dónde vengo, o dándole la espalda a mis raíces, que me hicieron ser lo que soy, y estar donde estoy, agradecida siempre de ello.
Sólo le pido a Dios
que no me deje perder la memoria.
Ni mi acento,
ni mi historia
ni mi pasaporte,
ni a mi familia,
ni a mis amigos;
que es lo mismo.
Pride Barcelona
El 28 de junio del 2009 se celebró en Barcelona la 40ª marcha del Orgullo LGBT.
Barcelona fue la primera ciudad del mundo en organizar y celebrar una marcha del Orgullo, así que este 40º aniversario tenía un aire especial. A cada paso alegría, diversidad, amor, orgullo.
Mi curiosidad se basaba (además de en compartir esa alegría, esa diversidad, ese amor, y ese orgullo) en sentir cómo se celebra la pluralidad LGBT en un país en donde la mayoría de sus derechos están reconocidos y concedidos; un país cuyo presidente vota a favor del matrimonio entre personas del mismo sexo, y luego le dice a su pueblo: “Ahora somos un país decente”; un país donde ser lesbiana, gay, bisexual o transexual, no es más importante que ser buena persona, buen trabajador, buen vecino, o buen ciudadano; un país que reconoce que con los ojos no se ve.
En Argentina se lucha en primer lugar por el reconocimiento del matrimonio y de la adopción de niños. Acá, se celebra que esos derechos ya son propios. En Argentina se lucha por ser igual al resto de los ciudadanos, social y culturalmente. Acá, se celebra esa igualdad (y se agradece). En Argentina el orgullo LGBT es el orgullo de descubrir, elegir y soportar ser diferente en un lugar en donde no da lo mismo ser diferente; el orgullo de decir: “soy así, y qué, y me la banco y lo defiendo, y si no te gusta, tu disgusto es mi orgullo”. Acá, el orgullo LGBT es el orgullo de descubrir y elegir ser diferente, y el orgullo de vivir en un país que elogia esa diferencia.
La noche fue una fiesta, una celebración. El aire brillaba.
Entre lágrimas y sonrisas, con un pie en cada lado de la frontera, canté orgullosa la canción icónica de este año, sobre todo porque recordaba algunas ideas importantes: “¿Quién es perfecto?” y “¿Qué es la belleza?”

